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¿El genio solitario?

¿El genio solitario?

Intenta imaginarte a Thomas Edison tan nítidamente como puedas.

Imagina dónde está y qué está haciendo. ¿Está solo? Hacía estas preguntas y siempre recibía respuestas de este tipo:

“Está en su taller, rodeado de aparatos. Trabaja en el fonógrafo, haciendo pruebas. ¡Lo consigue!.” ¿Está solo? “Sí, hace todas esas cosas solo porque él es el único que sabe lo que busca.”

“Está de pie, con una bata blanca, en Nueva Jersey, en una sala parecida a un laboratorio. Se inclina sobre una bombilla eléctrica. De repente, ¡funciona!” ¿Está solo? “Sí, él es de esa clase de tipo solitario al que le gusta apañárselas solo.”

En realidad, los documentos muestran a un hombre bastante diferente, que trabaja de una forma muy distinta.

Edison no era un ermitaño. Para la invención de la bombilla eléctrica tenía treinta ayudantes, entre ellos científicos muy capacitados, que trabajaban contra reloj en un laboratorio de vanguardia financiado por varias empresas.

La bombilla eléctrica se ha convertido en el símbolo del momento de inspiración súbita en el que aparece la solución brillante, pero no hubo un momento así en el proceso que llevó a su invención. De hecho, la bombilla eléctrica no fue un invento, sino toda una red de inventos que requerían mucho tiempo.

Edison no era ni un manitas ingenioso ni un sabio despistado. El “mago de Menlo Park” era un empresario perspicaz que se daba perfecta cuenta del potencial comercial de sus inventos.

Sí, fue un genio, pero no siempre lo fue. Estudiando toda la información disponible, su biógrafo Paul Israel cree que Edison fue más o menos un niño corriente de su época y su lugar. Al joven Tom le encantaban los experimentos y la mecánica (quizá más ávidamente que a la mayoría), pero las máquinas y la tecnología eran parte de la experiencia común de un chico del medio oeste estadounidense de aquel tiempo. No dejó nunca de ser curioso.

Mucho tiempo después de que los jóvenes hubiesen encontrado su papel en la sociedad, él gastaba las vías del tren yendo de ciudad en ciudad para aprender todo lo que pudiera de telegrafía, ascendiendo por la jerarquía de los telegrafistas gracias a su esfuerzo autodidacta.

Existen muchas fábulas sobre la capacidad y el logro, en especial sobre la persona genial y solitaria que de repiten crea algo asombroso, aunque la literatura y la experiencia nos dice que eso no siempre fue así.

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